Soñaba que corría y desperté. Es imposible que yo corra, no era yo. Nunca tengo prisa. Puedo pasar horas buscando un color preciso, pintando un paisaje completo en la cabeza de una cerilla, cortando y tallando trocitos de madera para hacer un escritorio en miniatura o torneando palillos y pegándolos para simular balcones y barandillas. Nunca tengo prisa.
Puedo ponerme a leer un artículo en el periódico y detenerme en un único párrafo e imaginar cuántas cosas podrían decirse con esas mismas palabras si solamente se fueran cediendo el sitio unas a otras. Cuántas veces cambiaría el sentido de lo escrito si un punto fuera una coma o dejara de citarse el complemento directo de un verbo transitivo.
Tardo tanto en leer este único párrafo que se ha terminado su tiempo mientras movía letras y palabras. Y ese periódico, que como todos fue imprimido en papel de agua y tinta efímera para durar un solo día, se ha fundido entre mis manos. No dejo sin embargo de pensar en cuántas cosas han dejado de escribirse y cuántas de lo que se ha dicho no tienen ningún sentido porque no han sido leídas. Todo esto me entristece.
Y en estas, porque hace calor y está el día bochornoso, salgo a pasear con la cabeza llena de clavos. Una mujer le ha dicho a su nieto que le quiere, lo he oído y aunque carezca e interés, me parece interesante. Me asomo al escaparate de una tienda de juguetes. Hay un Fort Apache y un montón de pequeños caballos cabalgados por indios y vaqueros, dos carretas de colonos que huyen y una patrulla completa del séptimo de caballería protegiéndoles. Les sobrevuelan, colgados del techo con sedal y con chinchetas, dos magníficos biplanos. ¡Qué aridez tan vívida la de la estepa del medio oeste americano! Entonces, porque una cosa lleva a la otra, recuerdo que el ciego sol se estrella en las aristas de sus armas y en el destierro con doce de los suyos,-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

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