12/7/09

El muchacho americano


Amanece y recuerdo a mi pequeño poeta americano.

Le llamo pequeño por cuanto nunca escribieron su nombre con grandes letras de molde en las publicaciones de moda, aunque él era enorme, sublime para mí. Le conocí cuando yo era joven y él también. Venía del norte, de Ohio, de Indiana  o de Massachusetts, no recuerdo ese detalle, pero sí, y muy bien, los besos que daba. Era rubio y fino, con la nuez marcada y una voz muy dulce, la mirada limpia y la sonrisa sana.

¡Mi bonito muchacho americano! Por esto, porque me gustaba tanto y pensé que le quería, aprendí sus canciones y sus cuentos, me gustaron sus poemas y su manera tan linda de saltar cuando bailaba, ¡ah, sí, me gustaba mucho mi muchacho americano!

Él tenía una moto con sidecar. ¡Qué galante era! Nunca hubo un inglés con más donaire, créanme. Y no hay que sorprenderse de ello, al fin y al cabo los ingleses, tan orgullosos de su gentileza, eran bárbaros aún en el siglo XVII. Nunca hubo un francés más exquisito, de verdad. No debe extrañarles tampoco, al fin y al cabo los franceses inventaron el talco y las pelucas para disimular estragos de piojos. Nunca hubo un alemán más concienzudo. Tampoco esto debe sorprenderles, al fin y al cabo los alemanes son fruto de días cortos e inviernos largos en demasía. ¡Oh, cuánto quise a mi querido muchacho americano!

El infierno, elevándose desde mil tronos
le hará reverencias
-sobre los lejanos bosques, sobre el mar-
sobre los espíritus alados
sobre las cosas adormecidas.
Todos mis sueños nocturnos
están donde tu ojo mira.
¡Qué profunda! ¡oh, profunda!
es la pasión de un sueño.

(NOTA: todos estos versos están tomados aleatoriamente y en desorden de distintos poemas de Edgar Alan Poe.)

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