14/8/06

Los regalos indebidos

 Anoche soñé que me hacías un regalo y desperté alborozada. A media tarde le vi llegar y me encantó verle saltar limpiamente sobre la cancela del jardín, con las manos ocupadas por un libro y una flor. Pero no debiste regalarme aquel cangrejo, fue una idea extravagante. Tiró de la campanilla y su sonrisa luminosa deslumbró a mi madre, que fue la que le abrió la puerta. Ni siquiera habló. Una tarjeta pegada en el celofán que envolvía la flor dejaba ver claramente mi nombre y el tuyo.  


Ni palabra inteligible dijo en toda la tarde, pero no dejó ni un instante de sonreír y de castañetear las pinzas con el ritmo procaz e incitante de un danzador tropical. Se quedó a merendar, se quedó a cenar y aunque por la noche un padre impaciente, que era el mío, le echó de casa con más destemplanza que gentileza, él no se fue, no; subió tranquilamente por la fachada y se coló en mi habitación por la ventana, que aún en invierno suele quedar entreabierta.  

Y ahí está, en mi mesita de noche, junto al despertador, mirándome fijamente aunque ya con cara y aspecto de cangrejo responsable. No me quejo del regalo, oye, no te ofendas; a mí, la verdad, me agrada bastante tenerle ahí con su propio aspecto cangrejil y escucharle contar cómo avanzan tus investigaciones sobre automatismos transversos.  Pero no para de charlar y tengo sueño, le ruedan los ojos en la cara y tengo sueño, me pellizca sin querer y tengo sueño. Se me hace tarde y tengo sueño. Ya es mañana y me temo que regrese cada día con la idea de cenar de gorra en la mesa de mis padres.  

Ya es de día y no puedo evitar decirte que no es correcto. No deberías regalar cangrejos autómatas, aunque sean de orden transverso.

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