Un adolescente hermoso y una joven audaz se amaron un día frente al mar, al caer el sol. Y llegaron los días del amor fructífero y ambos gozaron de sus arrebatos y de las delicias que se regalaban y así transcurrieron las estaciones de aquel año, entre arrobes de borreguillo el invierno y susurros de hoja de palma el verano.
Y Aconteció un día que la joven despertó para el hastío y bostezó con pereza y estiró los brazos al cielo y vio que colgaban de ellos flores y frutos y algunos nidos de colibrí. Así que llenó los labios del adolescente hermoso de besos de hidromiel y le dijo adiós en el muelle, ondeando al viento su pañuelo. Y él se hizo a la mar, triste pero sonriendo, para ser navegante y capitán. Antes de zarpar le regaló, ¡ay, señor! el maldito loro.
No era un lorito cualquiera, no vayan ustedes a bien pensarse. Pues supongo que saben que los hay de poco peso que apenas alcanzan el medio palmo, más tuvo la pobre criatura que hacerse cargo de la totalidad de un guacamayo jacinto brasileño que medía como poco un metro largo de largo y era capaz de provocar torbellinos en el polvo de la calle cuando agitaba a la vez alas y cola. Y, como había heredado de su madre -fruto de otra despedida de amor- un cormorán moñudo de color pardo y sin brillo y el pico rectilargo o larguirrecto, según prefieran, andaban la muchacha con las dos aves a hombros, la una en el uno, la otra en el otro, encogida bajo el peso de tanto amor desahuciado. Y no acababan aquí sus cuitas, no, pues a todas horas estaban los plumíferos en disputa entrecruzando armas, o picos por mejor decir, siendo así que, como uno lo tuviera curvo y el otro recto, púsoles por nombre Sarraceno y Cristianado, a cada cual el suyo.
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