Sátiros, silenos y faunos
La hibridación de hombres y animales es una de las más habituales formas de inventar un monstruo. El zoo-antropomorfismo simboliza generalmente estados superiores del ser, predominando el aspecto racional, cuando la naturaleza animal corresponde a la parte superior del cuerpo. Por el contrario, si el animal está asumido a la parte inferior del cuerpo, las implicaciones simbólicas asociadas a aspectos psicológicos o a actitudes irracionales, son mucho más fuertes. De la figura antropomorfa con cabeza de chivo hablaré en otro capítulo dedicado al diablo. En éste que presento ahora me centraré la forma contraria, la más habitual en el ámbito de las religiones griega y romana y cuyo máximo exponente es el sátiro.
Sátiros y ménades en la vendimia previa a las fiestas de Dionisios. Plato cerámico del siglo IV a.C.
En su origen, los sátiros y silenos eran criaturas rudas y desvergonzadas que sobreponían a su naturaleza humana las más groseras cualidades animales. Lucían cuernos y orejas de cabra, cola de caballo y un falo siempre erecto que aludía a su sexualidad desmedida. Más adelante, ya en época Helenística, se les añadieron patas, pezuñas y cola de macho cabrío. Parece que al principio los sátiros y silenos no eran exactamente iguales. La leyenda de estos últimos se origina en Asia Menor , fruto de la unión de algunas tribus de humanos con seres equinos; los sátiros, en cambio, procedían del Peloponeso o de alguna de las islas del Egeo y siempre fueron humanos con transmutaciones cabrunas. Sin embargo muy pronto estas diferencias dejaron de existir y ambos –sátiros y silenos- adquirieron las mismas características y quedaron adscritos al culto dionisiaco.
En las leyendas griegas, los sátiros habitaban en la Arcadia, paraíso de la vida bucólica y agreste. Eran seres lujuriosos de potencia sexual descontrolada. Su afán principal era seducir a las ninfas, pero como eran groseros y burdos, ellas los rechazaban. Sin embargo el rechazo no lograba sino exacerbar el interés de los sátiros -que eran terriblemente rijosos- así que mientras las bellas ninfas cuidaban de sus rebaños, ellos las acechaban y raptaban para violarlas. Por eso han sido siempre símbolo de lascivia e incontinencia. Tenían el torso, los brazos y el rostro humano, pero con las orejas, los cuernos, las piernas y la cola de macho cabrío. Se les representaba como seres despreocupados, salvajes y alegres, amantes de la música y propensos a la embriaguez, casi siempre desnudos, pero portando pieles de cabra y coronados de pámpanos y racimos.
Pintura sobre cerámica de los siglos V y IV a.C. Las dos primeras representan a los sátiros en relación con la música. En la última aparecen un sileno, un grifo y un arimaspo, los tres representantes de los monstruos que habitan más allá de las tierras de Escitia.
La representación de los sátiros como seres feos y brutales asociados a las ninfas, a las cuales perseguían y raptaban con el afán de violarlas o a las ménades en las fiestas dionisíacas, son muy frecuentes en iconografía griega, especialmente en la pintura cerámica. La escultura clásica presenta, sin embargo, una variación iconográfica excepcional. De la mano del escultor griego Praxiteles nació un sátiro joven y hermoso en el que las partes animales apenas están insinuadas. Más adelante, siguiendo el camino marcado por Praxiteles, encontraremos esculturas de sátiros que presentan una salvaje belleza.
Escultura clásica y helenística. La primera es una copia romana del sátiro de Praxiteles, del s. IV a.C; la segunda es una copia en mármol de un bronce helenístico del siglo II a.C, conocida como el Fauno Barberini. La tercera es también una copia romana de un original helenístico realizado en el siglo II a.C, representa a un fauno danzando.
Las leyendas: Marsias y Pan
Marsias fue el más famoso y conocido de los silenos. Este pueblo habían sido en su origen una raza monstruosa e híbrida que mezclaba aspectos humanos y equinos, pero ya en el siglo VI, tras perder la cola de caballo, resultaba casi imposible distinguirlos de los sátiros cabrunos. Recibían su nombre de Sileno, el viejo, obeso, juerguista y borrachín educador del dios Dionisio, que en un primer momento había tenido un aspecto más bien asnal, aunque ya Eurípides se refiere a él como paradigma de los sátiros. Se cuenta que Marsias, inventó la flauta de dos cañas y era tal su virtuosismo musical que quiso competir con la lira de Apolo por ver cuál de los instrumentos sonaba mejor. Naturalmente venció Apolo, pues su lira sonaba incluso si se la tañía al revés, y el pobre Marsias, a pesar de interpretar una música bellísima y ser capaz de seducir con ella, acabó colgado de un árbol y desollado vivo (sin duda eran muy brutos aquellos dioses en ejercicio de su divina vanidad).
Escultura clásica y helenística representando en este caso a la otra familia de sátiros, los silenos. Este era supuestamente el aspecto del sileno Marsias a quien, según Platón, tanto se parecía Sócrates.
Platón en el Banquete realiza un elogio a Sócrates en el que compara a éste con Marsias el sileno en los siguientes términos:
A Sócrates, señores, yo intentaré elogiarlo de la siguiente manera: por medio de imágenes. Quizás él creerá que es para provocar la risa, pero la imagen tendrá por objeto la verdad, no la burla. Pues en mi opinión es lo más parecido a esos silenos existentes en los talleres de escultura, que fabrican los artesanos con siringas o flautas en la mano y que, cuando se abren en dos mitades, aparecen con estatuas de dioses en su interior. Y afirmo, además, que se parece al sátiro Marsias. Así, pues, que eres semejante a éstos, al menos en la forma, Sócrates, ni tú mismo podrás discutirlo, pero que también te pareces en lo demás, escúchalo a continuación. Eres un lujurioso. ¿O no? Si no estás de acuerdo, presentaré testigos. Pero, ¿que no eres flautista? Por supuesto, y mucho más extraordinario que Marsias. Éste, en efecto, encantaba a los hombres mediante instrumentos con el poder de su boca y aún hoy encanta al que interprete con la flauta sus melodías -pues las que interpretaba Olimpo digo que son de Marsias, su maestro-. (…) Mas tú te diferencias de él sólo en que sin instrumentos, con tus meras palabras, haces lo mismo.
(Platón, Banquete, 215a)
Cuatro rostros. El primero de ellos corresponde a un busto de Sócrates. Copia romana de un original griego del siglo IV a.C. La segunda es el dibujo de una cabeza de sátiro de un grutesco del siglo XVI; la tercera, atribuida a Rubens 1577-1640; la última corresponde al busto de un fauno realizado en el siglo XVII.
Quizás estuviera integrado por silenos el pueblo de los Egipodas, una supuesta raza de hombres con pies de cabra -éste es el significado de su nombre-, que vivía al norte del Cáucaso, allá por la Escitia, y al que Herodoto cita apuntando, sin embargo, que no cree en su existencia.
“Verdad es que los calvos1 nos cuentan cosas que jamás se me harán creíbles, diciendo que en aquellos montes viven los Egipodas, hombres con pies de cabra…” (Heródoto. Los nueve libros de la historia. Libro IV, cap. XXV)
Pero el más grande y divino de todos los sátiros fue sin duda el gran Pan. Había entre los dioses griegos uno de genealogía incierta, probablemente hijo de Hermes, y claramente monstruoso, pues era híbrido de hombre y cabra. Su nombre era Pan y tanto su aspecto lascivo y burlón con cuernos de cabra y patas de macho cabrío, como su carácter alegre, montaraz y despreocupado, atestiguan su parentesco con las cabras. Nunca vivió en el Olimpo, sino que cuidaba rebaños y atendía a sus colmenas en la Arcadia. Era juerguista, amante de la vida sencilla, tranquilo y perezoso: dormía largas siestas y su cólera era temible cuando le despertaban injustificadamente. Entonces, cuando estaba enojado, lanzaba terribles bramidos provocando en quienes osaban molestarle reacciones de huida irracional y estampidas entre los animales. Del miedo cerval que generaba su cólera proviene la palabra ‘pánico’.
Dos familia de faunos dibujadas por Alberto Durero. La primera es un plato cerámico, la segunda un grabado.
Su afición más notoria era seducir ninfas y copular con todas las ménades de las orgías de Dionisio. Pero también tenía un corazoncito sensible y a veces se enamoraba tiernamente: cuenta la leyenda que la ninfa Pitis consiguió huir de él metamorfoseándose en abeto y desde entonces el gran Pan llevó siempre una rama de aquel árbol como guirnalda. Se sabe también que tan enamorado estaba de la ninfa Siringe que no dejaba de acosarla, así que ella se transformó en caña y el sátiro dios la convirtió en flauta. Es la famosa flauta de Pan, o pandeana, también llamada siringa como la ninfa, que está formada por nueve tubos de caña hueca de distintos tamaños anudadas entre sí. Con esta flauta en la mano suele aparecer el dios Pan representado.

Sin embargo, lo más sobresaliente de la vida de aquel dios, es que murió: es el único de los dioses que ha muerto. A su muerte, el imaginario artístico cristiano acabó haciéndose cargo de su horrible aspecto para convertirlo poco menos que en demonio. Cito del Diccionario de los símbolos de Hans Biedermann, lo siguiente:
Plutarco (46-120 d.C .) nos cuenta que durante el reinado del emperador Tiberio una nave pasó junto a la isla de Paxos y sus tripulantes pudieron escuchar unas voces que desde la costa clamaban: “si vais a Epiro, decid allá que el gran Pan ha muerto”. Cuando los marineros transmitieron la noticia, se escucharon por doquier gritos de dolor de animales, plantas y rocas. Se entendió entonces que al desaparecer el culto de los antiguos y sencillos dioses de la naturaleza, se iniciaba una nueva era (la del cristianismo, que enmudecería a los oráculos y derribaría a los ídolos).
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Faunos romanos
En el elenco romano el correlato del sátiro fue el fauno. Su imagen, por su lascivia y sensualidad, quedó asumida muy pronto a la del diabólico pueblo de los íncubos y fue rápidamente demonizado en los primeros años del cristianismo. La imagen antropomorfa con cuernos y patas de cabra se convertiría en una de las representaciones iconográficas propias de los pequeños diablos que acompañaban a Satán -el gran cabrón- al que próximamente dedicaré una pequeña reseña.
Relieve medieval representando a un demonio-chivo en la catedral de Londres.
También durante la Edad Media, y en paralelo a esta transformación diabólica, los faunos experimentaron otra transformación de carácter benévolo que los relacionó directamente con las hadas, asumiendo el papel alegre, despreocupado y extravagante propio de los duendes, desprovisto de perversidad.
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(1) Comenta Herodoto, (Libro IV, cap. XXIII-XXV), que más allá de la tierra de los últimos escitas, vive el pacífico pueblo de los Argipeos, en el que todos sus habitantes nacen calvos. Nadie puede decir mucho de lo que hay aún más al norte, pues una gran cordillera impide el paso, por eso, lo que se sabe de los extraños pueblos híbridos de la periferia del mundo es lo que los mismos calvos han contado.
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… y, como siempre, me alegraré si os ha gustado.










2 comentarios:
Este artículo es muy cabruno
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