Soportaba aterrorizado aquel movimiento convulso y el fragor salvaje de las olas. Se agazapó muy cerca de la embocadura; allí, aunque el frío era más intenso y el agua helada le calaba los huesos, podía entrever la salida y esperar el momento oportuno.
Pasó allí no sabe cuánto tiempo. Después, cuando se hizo la calma, trepó como pudo hasta el orificio del lucernario y escarbó en las paredes viscosas de la caverna. Al fin, tras un brusco estremecimiento, la bestia estornudó.
La fuerza del estallido golpeó a Jonás y en aquel instante la enorme ballena le escupió de su boca.
7/2/08
La caverna
Publicado por
Antonia
Etiquetas: Cien palabras, Microcuentos
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