24/10/20

  Un hombre disparaba perdigones en el minúsculo jardín situado en la parte posterior de su minúscula vivienda. Estaba todo lleno de malas hierbas, ortigas, cardos y esparragueras. Aquel jardín parecía una  selva. 


  ¿A quién disparas, hombre? pregunté. Disparo al ganado que se me escapa y a los forajidos que se lo llevan. El hombre estaba sofocado y tenía los mofletes llenos de venillas púrpuras, pensé que estaba muy enojado. Yo no veía ganado alguno por ninguna parte, pero es que yo pensaba que ganado eran búfalos y vacas o cosas así, y aquel hombre solo tenía un gallinero ruinoso en su jardín, así que me dije que entre los agujeros de la valla medio rota y la rejilla oxidada se le habrían escapado a aquel señor los pollos y los conejos. Sí, pensé, serán conejos lo que apacienta este hombre en su minúsculo jardín, y se le habrán escapado; porque en aquel corral no cabían vacas ni búfalos, así que eso no sería. 

  Hubiera querido ayudarle antes de que le diera un soponcio, incluso me ofrecí a hacerlo, pero en éstas, una mujer con delantal de lista azul y blanco y la cabeza llena de rulos y lacitos de papel de aluminio que barría el minúsculo porche desvencijado de la minúscula casita, gritó: ¡Fermín, Fermín, deja ya de asustar a esta niña y de cazar caracoles a escopetazos! ¿No ves que vas como loco? Me quedé pasmada. ¡Caracoles!, pensé. ((Me pregunté si habrá muchas situaciones extrañas pobladas de caracoles, o sea, si es por eso que algunas personas dicen o escriben ¡caracoles! cuando quieren manifestar sorpresa o estupefacción.)) 

  Aquel hombre se volvió deprisa hacia la mujer gritándole “maldita” y “ladrona”, y cada vez le gritaba más y más fuerte y levantaba la carabina al aire y en todas las direcciones de los puntos cardinales y hacia arriba y hacia abajo, y mientras lo hacía no dejaba de disparar perdigones. Pum, pum, pum, pum. La mujer también gritaba, y me gritaba a mí: ¡Al suelo, niña, al suelo, métete tras el bidón! ((Porque había un bidón vacío de aceite o de gasolina, pero vacío, que si llega a estar lleno yo no me escondo ahí, no fuera a ser que explotara por un chispazo.)) Y yo, ya con la cara pegada al suelo y tapándome la cabeza con las manos, gritaba también y no paraba de gritar. Además me dolían bastante las piernas. Será por las ortigas, pensé, y cada vez estaba más turulata. 

  Entonces escuché la sirena del coche de la policía, y la ambulancia y los bomberos y todo. Fueron éstos con las mangueras a chorro los que le arrancaron la escopeta de las manos al hombre y me sacaron a mí de entre los cardos y las esparragueras y a la pobre señora, que tenía la cara llena de sangre, se la llevó la ambulancia, pero a mi me cargaron hasta el ambulatorio en brazos y me sacaron veintidós balines de las piernas y del trasero.

  ¡Ah, sí!, una cosa más, escondidos en la hierba había también muchísimos caracoles y conejos.

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